Durante los días más oscuros de la pandemia, mientras el país se paralizaba, mi labor me obligó a estar en las calles cada día. Recorrí Lima de extremo a extremo: de San Juan de Lurigancho a San Isidro, de Ventanilla a La Molina. Vi una realidad que hoy parece borrada por una amnesia colectiva: el COVID-19 fue el gran ecualizador. En la urgencia por oxígeno y en la frialdad de una UCI, el bolsillo no importaba. Familias con vastos recursos económicos luchaban por la vida al lado del trabajador municipal que recogía su basura. La pandemia no midió clases sociales; nos recordó, de la forma más cruel, nuestra común vulnerabilidad.
Sin embargo, a pocos años de esa tragedia, camino por los pasillos de nuestras instituciones médicas y me invade una certeza aterradora: hemos olvidado muy rápido. La memoria del rigor sanitario se ha vuelto frágil.